Showing Page:
1/12
LOS CAMINOS
POÉTICOS DE
ANTONIO
MACHADO
Showing Page:
2/12
¿Qué caminos recorre el poeta? ¿Sólo son una obsesiva manifestación de la temporalidad del hombre
y de las cosas? ¿Hacia dónde camina? ¿A lugares concretos, únicamente? ¿Va en busca de “los
otros”, de los prójimos?
Antonia Machado, más que andar, peregrina hacia una Compostela soñada:
“Verás la maravilla del camino,
camino de soñada Compostela
-¡oh monte lila y flavo!-, peregrino,
en un llanto, entre chopos y candela.”.
EL CAMINANTE.
El poeta se nos dibuja en la presencia viva y humana del caminante. De caminante cansado; más
que pasar él por el camino, este ha pasado por el poeta y le ha desgastado. Como si el camino fuese
una fuerza activa y él una víctima pasiva:
“Ha muchos años, caminante viejo
que no cortas las flores del camino…”.
“Pobre caminante que durmiera
de cansado en un páramo infinito…”.
Caminante real y verdadero es el poeta; caminante vivo que recorre las calles y campos, con gesto
melancólico y pobre atuendo. Antonio Machado define al caminante en un verso sencillo: “Que el
caminante es suma del camino”. En él se juntan todas las sendas recorridas. El camino, así, es
imagen de vida, con sed de futuro y de nostalgia.
EL CAMINAR.
Caminar es vivir. Vivir es hacer camino, el mismo se hace al andar. El camino no está, no es, hay
que hacerlo, hay que vivirlo.
“Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.”.
El camino no es más que la huella del caminante:
Showing Page:
3/12
“Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.”.
Caminar es existir. Pero este caminar no es dulce, sino amargo, porque el camino pesa en el
corazón, en lucha contra el viento helado, la noche y la amargura de la distancia. Sin embargo, lo que
importa es caminar, es vivir, y llegar a la muerte, punto final del camino.
Romero, para ir a Roma,
lo que importa es caminar,
a Roma por todas partes,
por todas partes se va.”.
“Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos la mar.”.
El hombre pasa. El poeta también, teniendo siempre de su pasar, busca, busca “unas pocas palabras
verdaderas”. A veces, ha de detenerse en el camino.
“A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.”.
¿Qué voz es esta? La honda, esencialmente humana.
LOS CAMINOS MACHADIANOS.
1. Los caminos de la vida.
El camino se nos revela como la vida misma; vida que, al mismo tiempo, es viaje: viaje áspero,
difícil. Y por este camino “un hombre a tientas camina”, el poeta. El alma no le guía porque hombre
no cree que pueda alumbrarle. El vivir, en estos versos se le revela a Machado como una fatalidad
ciega.
2. El camino y la realidad.
La vida pasa por los caminos y estos pasan por ella. Un camino áspero que se desarrolla paralelo al
vivir. Él pasa entre realidades y estas pasan por él o están junto a él. Y junto al camino también vive
la fuente para apagar la sed de todos los que a ella se acercan:
“A la vera del camino
hay una fuente de piedra…”.
El agua es ofrecida junto con el vino a todo sediento en la venta del camino: “en la venta que es
toda bondad y amparo”.
Showing Page:
4/12
Es la realidad humana la que con más frecuencia se vincula al camino: rudos caminantes y viajeros
de toda índole, arrieros, gañanes, pastores “cubiertos con sus luengas capas” y, con estos, “sus hordas
de merinos”, rebaños trashumantes que irán a la fértil Extremadura. Y gentes que arrastran su
tristeza, que no saben a dónde van ni a dónde llegan, gentes a quienes solo les importa vivir, ir:
“En todas partes he visto
caravanas de tristeza.”.
3. El camino y la región.
Los caminos machadianos se insertan, a veces, en un paisaje determinado que configura en
específicas características regionales. Como es natural, Castilla es la región que se asoma con más
frecuencia en los versos de Antonio Machado. Luego sigue Andalucía; en algunas ocasiones
Asturias.
Castilla aparece por primera vez en Soledades (1899-1907), en el poema “Orillas del Duero”.
Machado se siente conmovido de fervor ante este paisaje, que al final del poema se agranda hasta
devenir hasta devenir paisaje total de España. Importa destacar las características paisajísticas
presentes en el poema. El camino al comienzo se reduce a una pedregosa “quiebra” por la que el
poeta sube, asciende, bajo el terrible sol de julio, mendigando un poco de sombra. El poeta
contempla el horizonte, el vasto paisaje que se extiende ante sus ojos. Y esto destacan, aíslan, cada
elemento con precisión: “un monte agudo y alto”, “una redonda loma cual recamado escudo”,
“cárdenos alcores sobre la parda tierra”.
El poeta entona una encendida oda a la noble región, pero no sabe negar su pobreza de cosas, su
vacío o retraso social: es una Castilla que parece abandonada por sus hombres, estática y extática en
sí misma, quemada por la vida y por la historia.
“¡Oh tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla hacia la mar!”.
Castilla ya no es la tierra del Cid; Castilla “ayer dominadora”, ahora es miserable. El paisaje natural
ahora se ha convertido en un paisaje histórico: un expaisaje histórico. Castilla está envuelta en
harapos y desprecia cuanto ignora.
Tampoco es evocado el camino directamente en “Capos de Soria”, pero el lector sabe que, desde él,
Antonio Machado contempla la árida y fría tierra soriana, el gran paisaje de colinas y sierras calvas.
Un paisaje nevado es visible en “Canciones de Tierras Altas”:
Showing Page:
5/12
“Por la sierra blanca…
La nieve menuda
y el viento de cara.
Por entre los pinos…
con la blanca nieve
se borra el camino.”.
Los caminos castellanos vuelven a insinuarse dentro del paisaje castellano en “Recuerdos”,
serpeando entre hayedos y pinares, entre “montañas, serrijones, lomazos, parameras”, “entre
desnudas rocas, arroyos y hontanares”. Y el alma del poeta se los lleva porque toda la tierra es “tierra
del alma”.
En “Desde mi rincón”, Antonio Machado evoca el paisaje total de Castilla, tras haber leído el libro
de Azorín sobre ella. Y, en su evocación, está presente el camino, por donde transcurre la
trashumante muchedumbre humana:
“¡Castilla de los páramos sombríos,
Castilla de los negros encinares!
Labriegos trasmarinos y pastores
trashumantes arados y merinos-,
labriegos con talante de señores,
pastores del color de los caminos.
Castilla de grisientos peñascales,
pelados serrijones,
barbechos y trigales,
malezas y cambrones.
Castilla azafranada y polvorienta,
sin montes de arreboles purpurinos.
Castilla visionaria y soñolienta
de llanuras, viñedos y molinos…”.
Andalucía también se hace presente a través del camino, multiplicándose o desdoblándose en mil
sendas, dentro de un paisaje de olivos sedientos, llenos de polvo, que recaman “anchas lomas, lueñes
sierras”.
En ocasiones no se sabe por qué tierras españolas pasa el camino machadiano. Pero estamos
seguros de que pasa y pasará por España. Algunas veces, los árboles nos dan la clave: las encinas nos
hacen pensar en Castilla, los olivos en Andalucía.
Lo regional y lo nacional se superan, finalmente, al crear el poeta el paisaje universal de la vida,
coloreado por infinita tristeza.
4. El camino, el monte y el aire.
Showing Page:
6/12
El camino machadiano no es siempre llano, a veces, se remonta, trepa por correos y montes: va
como buscando altura. Andar por él, más que placer, es ardua ascesis, ruda catarsis. Pero en la
cumbre le aguardan las águilas y el vasto panorama de Castilla. ¡Merece la pena subir y ascender!
5. El camino del mar.
Antonio Machado, impulsado por su afán andariego, ve caminos en el mar, largos, vastos,
inmensos. El camino deviene singladura hacia horizontes lejanos, salpicada de viento recio y sal
amarga:
“Tras de mucho devorar
caminos del mar profundo,
vio las estrellas brillar…”.
Pero el mar de Machado se relaciona más con la muerte que con la vida. El paso, el camino del
hombre por la vida es un ir hacia el mar o es andar en el mar; al vivir vamos borrando lo vivido. La
vida, así, es parva transitoriedad:
“Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es parar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.”.
En el mundo de sueños, el poeta siente que, al pasar y al caminar, va hacia el mar, hacia la muerte:
hacia el olvido. El más es para él imagen del sosiego, de la no-conciencia, del no-ser definitivo.
6. Los caminos y el tiempo.
El camino machadiano se torna, en algún momento, realidad aparencial que refleja el cambiante y
fugitivo paso del tiempo:
El sol en su cenit o en su crepúsculo; las estaciones.
Una hora o un día.
7. Los caminos del sueño.
Los caminos pueden ser sueños por quien ama recorrerlos, por quien ve o pone en ellos rebaños
trashumantes. Machado insiste en imaginar estas secretas galerías del alma, estos “caminos de los
sueños”. A veces, es un “vino risueño” lo que le señala el camino del ensoñar.
Y en sueños ve y sigue el poeta el camino de una soñada Compostela, peregrina entre chopos. O
sueña los caminos de la tarde. Los caminos del sueño son múltiples y maravillosos.
8. Los caminos de la visión onírica.
En el “Cancionero apócrifo”, el poeta entrevé oníricamente un paisaje de encinas, de nubes que el
sol rompe, la imagen de la amada, y casi se aterroriza:
Showing Page:
7/12
“La vi un momento asomar
en las torres del olvido.
Quise y no pude gritar.”
Y en “Otro clima”, tras atravesar las “cámaras del tiempo”, las galerías del alma, ve dibujarse en
esta una nueva visión onírica: un misterioso e insospechado paisaje de montaña y mar, en el que se
inscribe una extraña inscripción y un camino en la montaña. ¿A dónde irá ese camino?
“Desde la cumbre vio el desierto llano
con sombras de gigantes con escudos,
y en el verde fragor del océano
torsos de esclavos jadear desnudos,
y un nihil de fuego escrito
tras de la selva huraña,
en áspero granito,
y el rayo de un camino en la montaña…”.
9. Los caminos del amor.
Antonio Machado empieza su soneto amoroso con el célebre verso dantesco “Nel mezzo del
cammin…”, para confesarnos la llegada a su vida, a su camino, de Guiomar, su segundo amor:
“Nel mezzo del cammin pasóme el pecho
la flecha de un amor intempestivo.”.
Camino y vida se identifican temporalmente y se ofrecen al amor, flecha que acecha, largo rayo
vivísimo.
10. El camino, la locura y la ficción literaria.
El camino machadiano deviene de la locura que, en último término, es camino de la cordura
suprema: camino de la libertad, camino abierto, sin ataduras:
“Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura
va el loco hablando a gritos.”.
Y también Don Quijote, el máximo loco, recorrió muchos caminos, enamorado, ciego, con el juicio
nublado por el amor: caminos de tierra y caminos de cielo.
“Por esta Mancha –prados, viñedos y molinos-
que so el igual del cielo iguala sus caminos,
de cepas arrugadas en el tostado suelo,
por tierras, lejos del mar y la montaña,
Showing Page:
8/12
el ancho reverbero del claro sol de España,
anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día…”.
11. El camino de la soledad.
Después de la muerte de Leonor, el poeta recorrió muchas veces infinitos caminos en infinita
soledad, “a solas” con su sombra y a solas con su pena. A solas volvió a contemplar el paisaje,
evocando los caminos recorridos con la esposa amada:
“Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscan los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!”.
En sueños Leonor revive; el pasado vuelve, renace. Pero el ensueño dura poco y el encantado
sortilegio se disuelve. La soledad retorna. El poeta regresa al camino por el que vaga y seguirá
vagando siempre.
“Por estos campos de la tierra mía
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.”.
12. Caminos sin nadie.
Los caminos por los que vaga el poeta solitario, a veces, están vacíos. Castilla es tierra de soledad y
pobreza. El poeta es testigo de este vacío invernal de Castilla, detenida en el tiempo, apenas sin
paisajes, desolado.
“¡Oh tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas,
decrépitas ciudades, caminos sin mesones…!”
13. Los caminos de la muerte.
Leonor asentó los pasos del poeta en la tierra, en los caminos del amor. Pero ella se fue por el
camino, largo y sin vuelta, de la muerte. Y el poeta solo se siente sin sombras y sin sueños. Avanza
por la nada que va a la nada.
Los caminos machadianos señalan la muerte. La Guerra Civil puso en España no únicamente “soplo
de hielo en los hogares”, no solo llanto en las mujeres, sino “el hambre en los caminos”, otra forma
de la muerte.
Showing Page:
9/12
14. La muerte del camino.
Pero a los caminos también le llega la muerte: la nieve los borra, desaparecen y nada son, sobre
todo en las tierras altas. Como si se borrara, junto con el camino, la vida desandada.
15. Sin caminos.
La vida es una de es una incógnita, soledad, naufragio y, al mismo tiempo, nostalgia de otra vida no
vivida, de un paraíso acaso que su ojos no verán.
En “Proverbios y cantares”, Machado filosofa acerca del vivir y del morir, acerca del pasar y del
quedar. Las preguntas se suceden sin respuestas: ¿será la muerte como un mar en que la vida cae
como una gota? ¿O será ser lo que nunca ha sido: el caminante solitario, sin sombra y sin sueño, que
avanza y avanza sin camino y sin espejo? ¿Nada hay que caminar? La muerte machadiana es el no-
camino.
16. Camino intuido.
Antonio Machado sugiere la posibilidad de que Dios sea un camino no existente sino intuido:
camino que buscaremos y que no encontraremos, pero que acaso esté en alguna parte.
“El Dios que todos llevamos,
el Dios que todos hacemos,
el Dios que todos buscamos
y que nunca encontramos…”.
La vida se intuye como un camino hacia Dios, se halle o no se halle. El hombre, el poeta, siempre
buscará a Dios entre la niebla.
17. Encrucijada.
No solo se entrecruzan los caminos de la tierra, sino también los de la mente y los del corazón. El
poeta puede componer versos con sus encontrados pensamientos:
“Sentía los cuatro vientos,
en la encrucijada
de su pensamiento.”.
En el corazón se entrecruzan los caminos de la vida, del sentir y del amor.
Tuvo mi corazón, encrucijada
de cien caminos, todos pasajeros,
un gentío sin cita ni posada…
Hizo a los cuatro vientos su jornada,
dispuso el corazón por cien senderos
de llana tierra o piedra aborrascada…”.
18. El atajo.
Showing Page:
10/12
Antonio Machado no olvida, entre sus caminos, el atajo; pero no es él quien lo busca o lo camina,
sino los gitanos de su tierra. Estos en vez de seguir el camino recto, buscan el atajo, no para llegar
antes a donde van, sino para rodearlo o caminarlo una y otra vez, engañando y engañándose. El
camino del gitano, irónicamente, se convierte para el poeta en un camino torcido y más largo. Así
son también las mentiras, por eso el “atajo machadiano” es una imagen de una verdad moral:
“Conversación de gitanos:
-¿Cómo vamos, compadrito?
-Dando vueltas al atajo.”.
19. Caminos del alma.
Antonio Machado en “De mi cartera” afirma que el alma crea sus riberas; crea sus caminos. Pero
para oír el alma debe matar las palabras.
“¡Y esta alma de Azorín… y esta alma mía
que está viendo pasar, bajo la frente,
de una España la inmensa galería…”.
EL CAMINO Y SUS FUNCIONES.
Los caminos machadianos actúan, a lo largo de la obra poética, en tres tipos de funciones:
1. En función sustantiva, por precisión geográfica y toponímica:
“Los de Alvargonzález,
por una empinada senda,
para tomar el camino
de Salduero a Corvaleda.”.
“Desde Salduero el camino
va al hilo de la ribera.”.
2. En función adjetiva, cromática o numeral:
a) Cromática: los caminos son siempre de color blanco para Machado. ¿Traslucen eternidad,
desmaterializados? El adjetivo “blanco” deviene una connotación esencial y definidora más
que descriptiva del camino machadiano. Ni una sombra lo oscurece. Irradia luz de eternidad.
Estos caminos a veces se escapan del mundo de la realidad: su blancura nos lleva por el
sueño, en además den esperanza:
“Soñé que me llevabas
por una blanca vereda.”.
Showing Page:
11/12
En un caso Machado sugiere este cromatismo blanco no con un adjetivo sino con el verbo
“blanquea”.
b) Numeral: en ciertos poemas, el poeta multiplica sus caminos, con una intención totalizadora.
Y, al abarcarlos todos, los acompaña de un numeral:
“Olivar, por cien caminos,
tus olivitas irán
caminando a cien molinos.”.
“…anchas lomas, lueñes sierras
de olivares recamadas.
Mil senderos. Con tus machos,
abrumados de capachos,
van gañanes y arrieros.”.
“Cien” parece indicar una multiplicidad parcial, en un intento de abarcar solo una parte
indefinida del paisaje español. “Mil” expresa acaso la totalidad o la infinitud que representan
los caminos, en paisaje de llano y de montaña.
3. En función adverbial, donde el camino actúa con tan finalidad y como implicando distancia:
“Y la encina negra,
a medio camino
de Ubeda a Baeza.”.
CONCLUSIÓN.
El poeta es alma siempre en camino y, por tanto, siempre haciéndose y siempre por hacer: alma en
camino que escapa hacia el sueño. Hemos de asociar a Antonio Machado con el camino; camino que
se da en el espacio, pero que se recorre en el tiempo. Camino que devora el tiempo.
El camino machadiano es una fuerza dinámica que impulsa al hombre: que es el hombre vivo,
viviente, viviendo. El camino es la imagen objetiva del tiempo vital que progresa hacia su vivir, su
futuro y su muerte.
Los caminos de Antonio Machado se oponen a la paz de los muertos en sus tumbas, pues son vida
por vivir, vida que se vive. Mirar hacia atrás es mirar lo ya vivido, y soñarlo es revivirlo. Y por esto
el camino es negación de la nada y de la muerte, aunque hacia ella progrese lenta o velozmente: es
prueba existencial. Es una cosa estática que permanece y persiste.
Vivir es tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar con él, ocuparse de él. Lo único importante, lo
único válido es ir, es caminar: es ser camino hacia el morir, mar del que nunca se volverá.
Showing Page:
12/12
Antonio Machado anduvo caminos par ano circular o rodar, obligadamente, sobre rieles. Vivir era
hacerse el propio camino: caminar libremente, con los ojos puestos en la tierra y, también, en el
cielo. Machado recorrió los caminos españoles y se sintió camino de España por amor a la libertad.
Y tal amor se ve implícito en los versos meditativos y metafóricos de “Poema de un día”:
“Algo importa
que en la vida mala y corta
que llevemos
libres o siervos seamos.”.
Y en su final:
“No está mal
este yo fundamental,
contingente y libre, a ratos,
creativo, original,
este yo que vive y siente
Dentro la carne mortal,
¡ay! por saltar impaciente
las bardas de su corral.”.
Antonio Machado saltó las bardas del corral y se fue por los caminos de España y de Francia, al
final de sus días, libre y sin equipaje, como Don Quijote.

Unformatted Attachment Preview

LOS CAMINOS POÉTICOS DE ANTONIO MACHADO ¿Qué caminos recorre el poeta? ¿Sólo son una obsesiva manifestación de la temporalidad del hombre y de las cosas? ¿Hacia dónde camina? ¿A lugares concretos, únicamente? ¿Va en busca de “los otros”, de los prójimos? Antonia Machado, más que andar, peregrina hacia una Compostela soñada: “Verás la maravilla del camino, camino de soñada Compostela -¡oh monte lila y flavo!-, peregrino, en un llanto, entre chopos y candela.”. EL CAMINANTE. El poeta se nos dibuja en la presencia viva y humana del caminante. De caminante cansado; más que pasar él por el camino, este ha pasado por el poeta y le ha desgastado. Como si el camino fuese una fuerza activa y él una víctima pasiva: “Ha muchos años, caminante viejo que no cortas las flores del camino…”. “Pobre caminante que durmiera de cansado en un páramo infinito…”. Caminante real y verdadero es el poeta; caminante vivo que recorre las calles y campos, con gesto melancólico y pobre atuendo. Antonio Machado define al caminante en un verso sencillo: “Que el caminante es suma del camino”. En él se juntan todas las sendas recorridas. El camino, así, es imagen de vida, con sed de futuro y de nostalgia. EL CAMINAR. Caminar es vivir. Vivir es hacer camino, el mismo se hace al andar. El camino no está, no es, hay que hacerlo, hay que vivirlo. “Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.”. El camino no es más que la huella del caminante: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.”. Caminar es existir. Pero este caminar no es dulce, sino amargo, porque el camino pesa en el corazón, en lucha contra el viento helado, la noche y la amargura de la distancia. Sin embargo, lo que importa es caminar, es vivir, y llegar a la muerte, punto final del camino. “Romero, para ir a Roma, lo que importa es caminar, a Roma por todas partes, por todas partes se va.”. “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos la mar.”. El hombre pasa. El poeta también, teniendo siempre de su pasar, busca, busca “unas pocas palabras verdaderas”. A veces, ha de detenerse en el camino. “A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.”. ¿Qué voz es esta? La honda, esencialmente humana. LOS CAMINOS MACHADIANOS. 1. Los caminos de la vida. El camino se nos revela como la vida misma; vida que, al mismo tiempo, es viaje: viaje áspero, difícil. Y por este camino “un hombre a tientas camina”, el poeta. El alma no le guía porque hombre no cree que pueda alumbrarle. El vivir, en estos versos se le revela a Machado como una fatalidad ciega. 2. El camino y la realidad. La vida pasa por los caminos y estos pasan por ella. Un camino áspero que se desarrolla paralelo al vivir. Él pasa entre realidades y estas pasan por él o están junto a él. Y junto al camino también vive la fuente para apagar la sed de todos los que a ella se acercan: “A la vera del camino hay una fuente de piedra…”. El agua es ofrecida junto con el vino a todo sediento en la venta del camino: “en la venta que es toda bondad y amparo”. Es la realidad humana la que con más frecuencia se vincula al camino: rudos caminantes y viajeros de toda índole, arrieros, gañanes, pastores “cubiertos con sus luengas capas” y, con estos, “sus hordas de merinos”, rebaños trashumantes que irán a la fértil Extremadura. Y gentes que arrastran su tristeza, que no saben a dónde van ni a dónde llegan, gentes a quienes solo les importa vivir, ir: “En todas partes he visto caravanas de tristeza.”. 3. El camino y la región. Los caminos machadianos se insertan, a veces, en un paisaje determinado que configura en sí específicas características regionales. Como es natural, Castilla es la región que se asoma con más frecuencia en los versos de Antonio Machado. Luego sigue Andalucía; en algunas ocasiones Asturias. Castilla aparece por primera vez en Soledades (1899-1907), en el poema “Orillas del Duero”. Machado se siente conmovido de fervor ante este paisaje, que al final del poema se agranda hasta devenir hasta devenir paisaje total de España. Importa destacar las características paisajísticas presentes en el poema. El camino al comienzo se reduce a una pedregosa “quiebra” por la que el poeta sube, asciende, bajo el terrible sol de julio, mendigando un poco de sombra. El poeta contempla el horizonte, el vasto paisaje que se extiende ante sus ojos. Y esto destacan, aíslan, cada elemento con precisión: “un monte agudo y alto”, “una redonda loma cual recamado escudo”, “cárdenos alcores sobre la parda tierra”. El poeta entona una encendida oda a la noble región, pero no sabe negar su pobreza de cosas, su vacío o retraso social: es una Castilla que parece abandonada por sus hombres, estática y extática en sí misma, quemada por la vida y por la historia. “¡Oh tierra triste y noble, la de los altos llanos y yermos y roquedas, de campos sin arados, regatos ni arboledas; decrépitas ciudades, caminos sin mesones, y atónitos palurdos sin danzas ni canciones que aún van, abandonando el mortecino hogar, como tus largos ríos, Castilla hacia la mar!”. Castilla ya no es la tierra del Cid; Castilla “ayer dominadora”, ahora es miserable. El paisaje natural ahora se ha convertido en un paisaje histórico: un expaisaje histórico. Castilla está envuelta en harapos y desprecia cuanto ignora. Tampoco es evocado el camino directamente en “Capos de Soria”, pero el lector sabe que, desde él, Antonio Machado contempla la árida y fría tierra soriana, el gran paisaje de colinas y sierras calvas. Un paisaje nevado es visible en “Canciones de Tierras Altas”: “Por la sierra blanca… La nieve menuda y el viento de cara. Por entre los pinos… con la blanca nieve se borra el camino.”. Los caminos castellanos vuelven a insinuarse dentro del paisaje castellano en “Recuerdos”, serpeando entre hayedos y pinares, entre “montañas, serrijones, lomazos, parameras”, “entre desnudas rocas, arroyos y hontanares”. Y el alma del poeta se los lleva porque toda la tierra es “tierra del alma”. En “Desde mi rincón”, Antonio Machado evoca el paisaje total de Castilla, tras haber leído el libro de Azorín sobre ella. Y, en su evocación, está presente el camino, por donde transcurre la trashumante muchedumbre humana: “¡Castilla de los páramos sombríos, Castilla de los negros encinares! Labriegos trasmarinos y pastores trashumantes –arados y merinos-, labriegos con talante de señores, pastores del color de los caminos. Castilla de grisientos peñascales, pelados serrijones, barbechos y trigales, malezas y cambrones. Castilla azafranada y polvorienta, sin montes de arreboles purpurinos. Castilla visionaria y soñolienta de llanuras, viñedos y molinos…”. Andalucía también se hace presente a través del camino, multiplicándose o desdoblándose en mil sendas, dentro de un paisaje de olivos sedientos, llenos de polvo, que recaman “anchas lomas, lueñes sierras”. En ocasiones no se sabe por qué tierras españolas pasa el camino machadiano. Pero sí estamos seguros de que pasa y pasará por España. Algunas veces, los árboles nos dan la clave: las encinas nos hacen pensar en Castilla, los olivos en Andalucía. Lo regional y lo nacional se superan, finalmente, al crear el poeta el paisaje universal de la vida, coloreado por infinita tristeza. 4. El camino, el monte y el aire. El camino machadiano no es siempre llano, a veces, se remonta, trepa por correos y montes: va como buscando altura. Andar por él, más que placer, es ardua ascesis, ruda catarsis. Pero en la cumbre le aguardan las águilas y el vasto panorama de Castilla. ¡Merece la pena subir y ascender! 5. El camino del mar. Antonio Machado, impulsado por su afán andariego, ve caminos en el mar, largos, vastos, inmensos. El camino deviene singladura hacia horizontes lejanos, salpicada de viento recio y sal amarga: “Tras de mucho devorar caminos del mar profundo, vio las estrellas brillar…”. Pero el mar de Machado se relaciona más con la muerte que con la vida. El paso, el camino del hombre por la vida es un ir hacia el mar o es andar en el mar; al vivir vamos borrando lo vivido. La vida, así, es parva transitoriedad: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es parar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.”. En el mundo de sueños, el poeta siente que, al pasar y al caminar, va hacia el mar, hacia la muerte: hacia el olvido. El más es para él imagen del sosiego, de la no-conciencia, del no-ser definitivo. 6. Los caminos y el tiempo. El camino machadiano se torna, en algún momento, realidad aparencial que refleja el cambiante y fugitivo paso del tiempo: ➢ El sol en su cenit o en su crepúsculo; las estaciones. ➢ Una hora o un día. 7. Los caminos del sueño. Los caminos pueden ser sueños por quien ama recorrerlos, por quien ve o pone en ellos rebaños trashumantes. Machado insiste en imaginar estas secretas galerías del alma, estos “caminos de los sueños”. A veces, es un “vino risueño” lo que le señala el camino del ensoñar. Y en sueños ve y sigue el poeta el camino de una soñada Compostela, peregrina entre chopos. O sueña los caminos de la tarde. Los caminos del sueño son múltiples y maravillosos. 8. Los caminos de la visión onírica. En el “Cancionero apócrifo”, el poeta entrevé oníricamente un paisaje de encinas, de nubes que el sol rompe, la imagen de la amada, y casi se aterroriza: “La vi un momento asomar en las torres del olvido. Quise y no pude gritar.” Y en “Otro clima”, tras atravesar las “cámaras del tiempo”, las galerías del alma, ve dibujarse en esta una nueva visión onírica: un misterioso e insospechado paisaje de montaña y mar, en el que se inscribe una extraña inscripción y un camino en la montaña. ¿A dónde irá ese camino? “Desde la cumbre vio el desierto llano con sombras de gigantes con escudos, y en el verde fragor del océano torsos de esclavos jadear desnudos, y un nihil de fuego escrito tras de la selva huraña, en áspero granito, y el rayo de un camino en la montaña…”. 9. Los caminos del amor. Antonio Machado empieza su soneto amoroso con el célebre verso dantesco “Nel mezzo del cammin…”, para confesarnos la llegada a su vida, a su camino, de Guiomar, su segundo amor: “Nel mezzo del cammin pasóme el pecho la flecha de un amor intempestivo.”. Camino y vida se identifican temporalmente y se ofrecen al amor, flecha que acecha, largo rayo vivísimo. 10. El camino, la locura y la ficción literaria. El camino machadiano deviene de la locura que, en último término, es camino de la cordura suprema: camino de la libertad, camino abierto, sin ataduras: “Por un camino en la árida llanura, entre álamos marchitos, a solas con su sombra y su locura va el loco hablando a gritos.”. Y también Don Quijote, el máximo loco, recorrió muchos caminos, enamorado, ciego, con el juicio nublado por el amor: caminos de tierra y caminos de cielo. “Por esta Mancha –prados, viñedos y molinosque so el igual del cielo iguala sus caminos, de cepas arrugadas en el tostado suelo, por tierras, lejos del mar y la montaña, el ancho reverbero del claro sol de España, anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día…”. 11. El camino de la soledad. Después de la muerte de Leonor, el poeta recorrió muchas veces infinitos caminos en infinita soledad, “a solas” con su sombra y a solas con su pena. A solas volvió a contemplar el paisaje, evocando los caminos recorridos con la esposa amada: “Los caminitos blancos se cruzan y se alejan, buscan los dispersos caseríos del valle y de la sierra. Caminos de los campos… ¡Ay, ya no puedo caminar con ella!”. En sueños Leonor revive; el pasado vuelve, renace. Pero el ensueño dura poco y el encantado sortilegio se disuelve. La soledad retorna. El poeta regresa al camino por el que vaga y seguirá vagando siempre. “Por estos campos de la tierra mía bordados de olivares polvorientos, voy caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo.”. 12. Caminos sin nadie. Los caminos por los que vaga el poeta solitario, a veces, están vacíos. Castilla es tierra de soledad y pobreza. El poeta es testigo de este vacío invernal de Castilla, detenida en el tiempo, apenas sin paisajes, desolado. “¡Oh tierra triste y noble, la de los altos llanos y yermos y roquedas, de campos sin arados, regatos ni arboledas, decrépitas ciudades, caminos sin mesones…!” 13. Los caminos de la muerte. Leonor asentó los pasos del poeta en la tierra, en los caminos del amor. Pero ella se fue por el camino, largo y sin vuelta, de la muerte. Y el poeta solo se siente sin sombras y sin sueños. Avanza por la nada que va a la nada. Los caminos machadianos señalan la muerte. La Guerra Civil puso en España no únicamente “soplo de hielo en los hogares”, no solo llanto en las mujeres, sino “el hambre en los caminos”, otra forma de la muerte. 14. La muerte del camino. Pero a los caminos también le llega la muerte: la nieve los borra, desaparecen y nada son, sobre todo en las tierras altas. Como si se borrara, junto con el camino, la vida desandada. 15. Sin caminos. La vida es una de es una incógnita, soledad, naufragio y, al mismo tiempo, nostalgia de otra vida no vivida, de un paraíso acaso que su ojos no verán. En “Proverbios y cantares”, Machado filosofa acerca del vivir y del morir, acerca del pasar y del quedar. Las preguntas se suceden sin respuestas: ¿será la muerte como un mar en que la vida cae como una gota? ¿O será ser lo que nunca ha sido: el caminante solitario, sin sombra y sin sueño, que avanza y avanza sin camino y sin espejo? ¿Nada hay que caminar? La muerte machadiana es el nocamino. 16. Camino intuido. Antonio Machado sugiere la posibilidad de que Dios sea un camino no existente sino intuido: camino que buscaremos y que no encontraremos, pero que acaso esté en alguna parte. “El Dios que todos llevamos, el Dios que todos hacemos, el Dios que todos buscamos y que nunca encontramos…”. La vida se intuye como un camino hacia Dios, se halle o no se halle. El hombre, el poeta, siempre buscará a Dios entre la niebla. 17. Encrucijada. No solo se entrecruzan los caminos de la tierra, sino también los de la mente y los del corazón. El poeta puede componer versos con sus encontrados pensamientos: “Sentía los cuatro vientos, en la encrucijada de su pensamiento.”. En el corazón se entrecruzan los caminos de la vida, del sentir y del amor. “Tuvo mi corazón, encrucijada de cien caminos, todos pasajeros, un gentío sin cita ni posada… Hizo a los cuatro vientos su jornada, dispuso el corazón por cien senderos de llana tierra o piedra aborrascada…”. 18. El atajo. Antonio Machado no olvida, entre sus caminos, el atajo; pero no es él quien lo busca o lo camina, sino los gitanos de su tierra. Estos en vez de seguir el camino recto, buscan el atajo, no para llegar antes a donde van, sino para rodearlo o caminarlo una y otra vez, engañando y engañándose. El camino del gitano, irónicamente, se convierte para el poeta en un camino torcido y más largo. Así son también las mentiras, por eso el “atajo machadiano” es una imagen de una verdad moral: “Conversación de gitanos: -¿Cómo vamos, compadrito? -Dando vueltas al atajo.”. 19. Caminos del alma. Antonio Machado en “De mi cartera” afirma que el alma crea sus riberas; crea sus caminos. Pero para oír el alma debe matar las palabras. “¡Y esta alma de Azorín… y esta alma mía que está viendo pasar, bajo la frente, de una España la inmensa galería…”. EL CAMINO Y SUS FUNCIONES. Los caminos machadianos actúan, a lo largo de la obra poética, en tres tipos de funciones: 1. En función sustantiva, por precisión geográfica y toponímica: “Los de Alvargonzález, por una empinada senda, para tomar el camino de Salduero a Corvaleda.”. “Desde Salduero el camino va al hilo de la ribera.”. 2. En función adjetiva, cromática o numeral: a) Cromática: los caminos son siempre de color blanco para Machado. ¿Traslucen eternidad, desmaterializados? El adjetivo “blanco” deviene una connotación esencial y definidora más que descriptiva del camino machadiano. Ni una sombra lo oscurece. Irradia luz de eternidad. Estos caminos a veces se escapan del mundo de la realidad: su blancura nos lleva por el sueño, en además den esperanza: “Soñé que me llevabas por una blanca vereda.”. En un caso Machado sugiere este cromatismo blanco no con un adjetivo sino con el verbo “blanquea”. b) Numeral: en ciertos poemas, el poeta multiplica sus caminos, con una intención totalizadora. Y, al abarcarlos todos, los acompaña de un numeral: “Olivar, por cien caminos, tus olivitas irán caminando a cien molinos.”. “…anchas lomas, lueñes sierras de olivares recamadas. Mil senderos. Con tus machos, abrumados de capachos, van gañanes y arrieros.”. “Cien” parece indicar una multiplicidad parcial, en un intento de abarcar solo una parte indefinida del paisaje español. “Mil” expresa acaso la totalidad o la infinitud que representan los caminos, en paisaje de llano y de montaña. 3. En función adverbial, donde el camino actúa con tan finalidad y como implicando distancia: “Y la encina negra, a medio camino de Ubeda a Baeza.”. CONCLUSIÓN. El poeta es alma siempre en camino y, por tanto, siempre haciéndose y siempre por hacer: alma en camino que escapa hacia el sueño. Hemos de asociar a Antonio Machado con el camino; camino que se da en el espacio, pero que se recorre en el tiempo. Camino que devora el tiempo. El camino machadiano es una fuerza dinámica que impulsa al hombre: que es el hombre vivo, viviente, viviendo. El camino es la imagen objetiva del tiempo vital que progresa hacia su vivir, su futuro y su muerte. Los caminos de Antonio Machado se oponen a la paz de los muertos en sus tumbas, pues son vida por vivir, vida que se vive. Mirar hacia atrás es mirar lo ya vivido, y soñarlo es revivirlo. Y por esto el camino es negación de la nada y de la muerte, aunque hacia ella progrese lenta o velozmente: es prueba existencial. Es una cosa estática que permanece y persiste. Vivir es tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar con él, ocuparse de él. Lo único importante, lo único válido es ir, es caminar: es ser camino hacia el morir, mar del que nunca se volverá. Antonio Machado anduvo caminos par ano circular o rodar, obligadamente, sobre rieles. Vivir era hacerse el propio camino: caminar libremente, con los ojos puestos en la tierra y, también, en el cielo. Machado recorrió los caminos españoles y se sintió camino de España por amor a la libertad. Y tal amor se ve implícito en los versos meditativos y metafóricos de “Poema de un día”: “Algo importa que en la vida mala y corta que llevemos libres o siervos seamos.”. Y en su final: “No está mal este yo fundamental, contingente y libre, a ratos, creativo, original, este yo que vive y siente Dentro la carne mortal, ¡ay! por saltar impaciente las bardas de su corral.”. Antonio Machado saltó las bardas del corral y se fue por los caminos de España y de Francia, al final de sus días, libre y sin equipaje, como Don Quijote. Name: Description: ...
User generated content is uploaded by users for the purposes of learning and should be used following Studypool's honor code & terms of service.
Studypool
4.7
Trustpilot
4.5
Sitejabber
4.4